Contención o Cooperación: La Encrucijada de la Política Exterior China en el Siglo XXI
Por María Auxiliadora Sánchez Almansa
Historia y Sociedad // Nº 22, enero/Junio, 2026
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La política exterior de China en el siglo XXI plantea una de las mayores disyuntivas para la situación socioeconómica y geopolítica global: ¿nos dirigimos hacia una era de contención o de cooperación? En la actualidad, el sistema internacional experimenta una profunda paradoja en la que ambas dinámicas ocurren de manera simultánea, variando significativamente dependiendo de la región geográfica que se analice.
De la discreción a la reivindicación: El nuevo contexto global
Para comprender el escenario actual, es indispensable analizar la evolución histórica reciente. Durante las últimas décadas del siglo XX, la estrategia de China, dictada por Deng Xiaoping, se resumía en la máxima de “esconder la fuerza y esperar el momento”: un enfoque centrado en mantener un perfil bajo para priorizar el crecimiento interno. Desde Occidente, existía la convicción de que la integración de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 conduciría inevitablemente a su democratización, una apuesta que finalmente resultó fallida. El paradigma cambió de forma drástica en 2013. Con la llegada de Xi Jinping al poder, China abandonó la discreción diplomática y pasó a exigir su lugar como superpotencia, lanzando iniciativas de alcance global como la Nueva Ruta de la Seda y promocionando el denominado “Sueño Chino”. El siglo XXI se caracteriza porque China ya no acepta pasivamente las reglas de juego occidentales, sino que busca reescribirlas. Su narrativa se articula en torno a la “Comunidad de Destino Común”, fundamentada en los históricos Cinco Principios de Coexistencia Pacífica:
Bajo esta retórica, Pekín ofrece una alternativa al orden liberal de Estados Unidos, basada en la no injerencia política pero cimentada en una fuerte dependencia económica. Este cambio de postura ha empujado a los distintos actores globales a la disyuntiva entre cooperar económicamente o contener a un rival sistémico.
Redefiniendo los conceptos: Cooperación y Contención en el siglo XXI La cooperación contemporánea no implica necesariamente un alineamiento ideológico o amistad política, sino que responde a una interdependencia estructural y necesaria. En la actualidad, Occidente necesita imperativamente los mercados y capitales chinos para sostener su propio crecimiento, al tiempo que China sigue necesitando la tecnología occidental. Esta relación de interdependencia constituye una necesidad pragmática ineludible en áreas clave. Por otro lado, la contención moderna ha mutado y ya no consiste en rodear al país con muros ideológicos como se hizo con la URSS durante la Guerra Fría. Hoy en día, contener significa aplicar estrategias de negación tecnológica y militar (CSIS, 2024). El objetivo es doble: impedir que China proyecte su poder fuera de sus fronteras y proteger las infraestructuras críticas de Occidente, como los puertos o las redes de telecomunicaciones 5G.
Estados Unidos y la Trampa de Tucídides En lo que respecta a Estados Unidos, la relación bilateral se define por una clara rivalidad estructural. El escenario actual refleja la clásica Trampa de Tucídides, donde la potencia hegemónica establecida teme el ascenso de la potencia emergente. Para Washington, China es el único competidor global con la intención y la capacidad real de rediseñar el orden internacional.
Aunque predomina la contención, la estrategia estadounidense ha experimentado una evolución. Durante la era Biden, se intentó operar bajo el marco de una “coexistencia competitiva” (Campbell & Sullivan, 2019), asumiendo que ambas potencias debían convivir sin buscar la destrucción mutua. Desde la academia china, el analista Wang Jisi (2022) describió esta etapa como una “paz caliente”: una situación de tensión intensa, pero sin llegar a la explosión gracias a la interdependencia económica y al mantenimiento de ciertos canales diplomáticos. Sin embargo, con el retorno de las doctrinas de Donald Trump, el concepto de coexistencia competitiva ha quedado obsoleto, dando paso a una estrategia de contención absoluta.
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El objetivo prioritario es el “desacople estratégico” (Lighthizer, 2023), lo que significa que Washington ya no busca gestionar el ascenso de China, sino frenarlo activamente mediante guerras comerciales (aranceles), guerras tecnológicas (bloqueo de semiconductores) y el fortalecimiento de alianzas militares en el Indo-Pacífico, como AUKUS y el Quad.
Desde la perspectiva de Pekín, Estados Unidos es percibido como una potencia hegemónica en declive que intenta frenar a China motivada por su propia inseguridad. China interpreta la contención como una injerencia hostil y responde con resistencia estratégica: acelerando su independencia tecnológica, exigiendo un trato de igual a igual y rechazando cualquier subordinación. La Unión Europea: El dilema de la Reducción de Riesgos
Europa mantiene una posición sustancialmente más compleja. Desde 2019, la Unión Europea define su relación con China basándose en tres ejes: como socio (en temas climáticos, comercio y ayuda al desarrollo), como competidor (en economía y tecnología) y como rival sistémico (en cuestiones políticas y de derechos humanos). Esta visión se sintetiza en la estrategia de las “Tres C”: Cooperar cuando sea posible, Competir cuando haga falta y Confrontar cuando sea necesario. A diferencia de Estados Unidos, Europa no persigue un desacople (decoupling), sino una “reducción de riesgos (de-risking) (MERICS, 2023). Esta política implica mantener los flujos comerciales que son vitales para la economía europea, pero eliminando la dependencia de Pekín en cuanto a materias primas críticas. Aunque es un equilibrio diplomático sumamente difícil de mantener, el de-risking no implica, en ningún caso, renunciar a la cooperación. Para Xi Jinping, Europa no representa un rival, sino un polo indispensable en la consolidación de un mundo multipolar. Su mayor temor es que la UE se alinee ciegamente con Estados Unidos. Por este motivo, a Pekín le interesa profundamente que la Unión Europea desarrolle su autonomía estratégica, asegurando así su cooperación y evitando que se una al bloqueo tecnológico liderado por los estadounidenses. El Sur Global: La batalla por la influencia
Mientras Occidente debate sus estrategias, China avanza con una política ingeniosa y efectiva en el Sur Global (África, América Latina y el Sudeste Asiático). En esta región predomina una cooperación transaccional y mutua: no se trata de caridad, sino de un intercambio pragmático de intereses. A través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China financia infraestructuras críticas (puertos, redes 5G, presas) en zonas donde Occidente ha dejado de invertir; a cambio, asegura su acceso a recursos naturales y, fundamentalmente, obtiene apoyo político en los foros internacionales. China es consciente de que esta inversión masiva le otorga el papel de líder de facto de la cooperación Sur-Sur, generando una creciente dependencia de estos países hacia Pekín. La estrategia china en estas regiones es clara: ofrecer un modelo de modernización alternativo, sin lecciones de moral ni condiciones políticas de carácter democrático, con el objetivo de forjar aliados sólidos que le permitan consolidar el nuevo orden multipolar y contrarrestar la hegemonía estadounidense. La repercusión de estas dinámicas geopolíticas en la economía global es severa y costosa. El mundo se encamina hacia una fragmentación geoeconómica. En el pasado, la tendencia corporativa era fabricar en China debido a su alta eficiencia. En la actualidad, motivadas por el temor a sanciones comerciales o conflictos geopolíticos, las empresas están implementando la estrategia “China + 1”.
Esto significa que, sin abandonar del todo el mercado chino, abren plantas secundarias en países como Vietnam o México para garantizar que la producción continúe ante un eventual bloqueo en el gigante asiático. El problema estructural es que duplicar fábricas reduce la eficiencia global e incrementa enormemente los costes de producción, un encarecimiento que termina siendo trasladado a los consumidores. Si el escenario internacional continúa hacia la división del mundo en dos bloques tecnológicos y comerciales herméticos, el resultado final será una guerra comercial total capaz de destrozar la economía mundial. En definitiva, la disyuntiva entre contención y cooperación no permite una respuesta binaria. La comunidad internacional no está eligiendo entre una u otra, sino que se ve obligada a gestionar ambas de manera simultánea. Mientras que Europa intenta mantener el equilibrio y Estados Unidos empuja hacia una contención más agresiva bajo nuevas doctrinas, China asegura su posición a través de la cooperación constante con el Sur Global.
El verdadero desafío para el siglo XXI no radica en contener el ascenso de China, una realidad histórica ya consolidada; sino en ser capaces de mantener la “paz caliente” que permite la interdependencia económica. Si la política de contención estadounidense llega a romper definitivamente esos lazos, el conflicto será inevitable. |