Crónicas desde China.
El verano de Labubu 拉布布:
Observaciones económicas desde Shanghai
Por Xisco Maturana Bis
China en el mundo hispano/el mundo hispano en China // Nº 21 junio/diciembre 2025
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Regreso a Shanghai. Ni la deshora, ni el cansancio, ni el calor húmedo y pegadizo que añade una capa más de sudor a las que ya barnizan mi cuerpo tras largas horas de viaje, impiden que me lance a la calle. El primer café en Shanghailander (聚福) en la calle Wuyuan (五原路) precede a mi habitual ronda de reconocimiento en el barrio.
Tres cafés han abierto en sendos locales consecutivos y otro más, al otro lado de la calle. No consigo recordar con qué género comerciaban los negocios desaparecidos para dar paso a los nuevos cafés. Contando Shanghailander (que destaca sobre los demás por disponer de un moderno y limpísimo baño propio, un atributo que el visitante foráneo agradece en especial pues le evita un potencialmente engorroso, por lo desacostumbrado, ejercicio de sentadillas en los bellos inodoros públicos verdes de la esquina) son cuatro ya las cafeterías contiguas y seis las de este trozo de calle de apenas trescientos metros de longitud. También se ha inaugurado una tienda-taller de bisutería donde el cliente diseña y confecciona sus propias piezas y una galería de arte en la que parece ser que también venden ropa de estilo “cyborg”. Tampoco estoy seguro de qué negocios ocupaban antes estos espacios. El inventario comercial de las calles aledañas devenga resultados similares. La ciudad habita entre la permanencia del comercio como actividad que define su carácter y la permanente mutación de las tiendas y negocios con que materializa su espíritu. Honrando la naturaleza intrínsecamente comercial de la ciudad, su marca fenicia, que diríamos en nuestras latitudes, he recibido como regalo de bienvenida una simpática bolsa de la compra. Es de rafia, con estampado de “plaid” blanco y rojo, y lleva estampada la muy significativa rima: “没有买卖,就没有上海”, si no hay compra-venta, no hay Shanghai. Parece ser que el pareado en cuestión está adaptado de una campaña publicitaria de la ONG Wild Aid protagonizada por Yao Ming, el ex-jugador de baloncesto de la NBA y el archiconocido actor Jackie Chan con la que se pretende luchar contra el tráfico ilegal de especies salvajes amenazadas a través de los mismos medios que usan las campañas de marketing convencionales. Jackie Chan enseña kung-fu a unos pangolines (cuyas escamas son muy apreciadas en la medicina tradicional china) mientras que Yao Ming avergüenza a los comensales de un lujoso restaurante mostrando en una pecera decorativa del establecimiento un tiburón agonizante cuya aleta dorsal ha sido cercenada para preparar una sopa mientras pronuncia las palabras: “没有买卖,就没有伤害”, si no hay compra-venta, no hay sufrimiento Shanghai siempre ha tenido a gala ser una ciudad comerciante y nunca se avergonzó de ocupar la escala más baja, menos prestigiosa en la jerarquía social de la antigua China, por debajo de eruditos, nobles, campesinos y artesanos. La permanencia de la actividad comercial en Shanghai tiene su contrapunto en la transitoriedad de los comercios concretos con los que se hace efectiva. Con un toque de humor presocrático uno se atrevería a afirmar, como Parménides, que los negocios representan la inmutabilidad del ser de la ciudad pero que no uno nunca consigue, exagerando a Heráclito, comprar dos veces en la misma tienda.
Extendiendo el mismo espíritu jocoso a la filosofía vernácula, un informe técnico sobre el comercio minorista a lo largo del tiempo bien podría llevar como subtítulo “El libro de lo cambios”, parafraseando el clásico oracular taoísta “易经” (cuyo nombre, por otra parte, sirve perfectamente nuestros propósitos pues contiene en sí mismo esta dualidad entre permanencia 不易 y mutación 易变). Si en este modesto ensayo de coyuntura anecdótica nos viéramos obligados a identificar un único protagonista de la última mutación comercial de la ciudad, éste sería, sin duda, un sujeto de ojos saltones, orejas puntiagudas, mirada sardónica, inofensivamente maléfica, pelaje y complementos variables. Si este ser discreto, que, deseoso de sorprender, oculta su imagen en un cofre de cartón, pudiera articular palabras a través de sus nueve dientes afilados, seguramente lo haría en cantonés o en holandés, las lenguas de su creador, el ilustrador hongkonés Kasin Lung, o quizás en mandarín, con un fuerte acento del norte, como el de su actual propietario, Wang Nin. Su discutible encanto, por cierto, ha hecho de ambos flamantes millonarios. Nos referimos, por supuesto, a Labubu, 拉布布. Miembro predilecto de una familia de monstruos, todos ellos hijos de la empresa PopMart que se presentan al mercado en una caja misteriosa (盲盒), Labubu ha seducido a celebridades de todo el planeta (empezando por Lisa de Black Pink) que han sucumbido a su muy particular “charm kawaii” y ha ocupado páginas en todos los diarios internacionales. Consumo conspicuo mediante, el Labubu se ha convertido en una presencia ubicua en Shanghai. Se vende en tiendas físicas oficiales, en la red y en máquinas expendedoras situadas en grandes almacenes y estaciones de metro. A menudo, sus existencias están agotadas y mientras que los coleccionistas los adquieren en mercados de segunda mano a precios que puede ir de lo elevado a lo exorbitante, los más profanos las compran en cualquier esquina en su versión de imitación, Lafufu (拉夫夫). Los Lafufus, que en sus primeras encarnaciones adolecían de graves malformaciones dentales (presentaban un número de dientes inferior o superior a los nueve preceptivos) han puesto en pie de guerra a las autoridades mercantiles que enarbolan ahora la bandera de la protección de marcas, patentes y modelos industriales, una causa a la que menores esfuerzos se dedicaron cuando las víctimas eran empresas occidentales.
Según rezaba hace poco un artículo del FT “Labubu no tiene nada que temer de la competencia de Wakuku o Lafufu” gracias a la solidez de su modelo (su capitalización en el mercado es de 47.000 millones de dólares y su margen bruto del 67%) y al dinamismo del mercado de segunda mano. En cuanto a la otra criatura mencionada, el Wakuku (哇库库), es el engendro con el que la cadena comercial china Miniso pretende conseguir su tajada del pastel global de los muñecos coleccionables (valorado en 42.000 millones de dólares). Hemos visto Labubus (拉布布) como reclamo comercial, no como mercancía, en escaparates de joyerías de cierto nivel, cargado de oro y jade, en restaurantes y en perfumerías exclusivas. El protagonismo que deseamos otorgarle a nuestro élfico amigo y a sus parientes no responde únicamente a su omnipresencia en las calles de Shanghai. En opinión de muchos, su popular cara es la efigie de un fenómeno económico mucho más amplio: la degradación del consumo (消费降级, consumption downgrade), un fenómeno que, curiosamente, lo liga a otros bienes de consumo, como el lápiz de labios.
Para entender este vínculo, debemos remontarnos a la Gran Depresión en los años 30 del siglo XX cuando, en plena crisis económica y social, las ventas de lápices de labios se dispararon. Según las observaciones (que no estadísticas de ventas), las consumidoras buscaban un toque de color que elevase su ánimo en tiempos aciagos. Este efecto fue observado nuevamente en sucesivas crisis económicas (tras los ataques terroristas del 11S y durante la reciente Gran Recesión) interpretándose, en este caso, como una suerte de “consumo refugio”: al no poder acceder a productos de lujo debido a las adversidades económicas, el consumidor intenta compensar esta privación adquiriendo barras de labios u otros cosméticos de las mismas grandes marcas a cuyos bolsos, joyas o complementos ya no puede acceder. Hay que decir que la evidencia empírica de este efecto y del índice que lo mesura son muy limitados y que los economistas serios lo consideran poco más que una hipótesis dentro de lo que se ha venido en llamar “treatonomics” o “economía de los pequeños caprichos”. Y es así como volvemos a Labubu. Diversos medios de comunicación han explicado la explosión de sus ventas como pequeñas dosis de dopamina con las que contrarrestar la ansiedad económica y que resultan poco dañinas para las cuentas corrientes. Consideran los Labubus como pequeños lujos asequibles, monos y coleccionables, un perfecto epítome de la degradación del consumo en Shanghai y más allá. Según la Oficina Nacional Estadística de China, durante el primer semestre de 2025, el consumo de los hogares urbanos creció un 4,6% en términos nominales. Pero este crecimiento se situó por debajo del incremento de la renta disponible de estos mismos hogares (4,7% nominal). Esto significa que las familias de Shanghai y de las otras grandes ciudades chinas de primera categoría (“first tier cities”, “中国城市等级制”) han vuelto a aumentar sus tasas de ahorro, reforzando una tendencia histórica (el consumo privado chino representaba en 2023 un 39% del PIB mientras que la media mundial era del 54%) que ha impregnado profundamente el idioma. He aquí varios ejemplos de chengyu o proverbios tradicionales sobre el proverbial espíritu de ahorro chino que citamos, en traducción muy libre, para tomarnos un respiro de las farragosas cuestiones económicas:
未雨绸缪
Repara tu tejado antes de que llueva 居安思危 Piensa en el peligro en tiempos de paz 精打细算 Cálculos precisos y presupuestos estrictos 开源节流 Busca nuevas fuentes y cierra el grifo 积少成多 De mica en mica s’omple la pica (irresistible la traducción literal al catalán) La degradación del consumo ha afectado la venta de objetos suntuarios de las grandes marcas, pero también lo han hecho sus precios desbocados (se habla de “greedflation” o inflación por codicia), su falta de creatividad y personalidad propia, con diseñadores que son poco más que mercenarios temporales ajenos al legado de sus insignias. De ahí la búsqueda de solaz en pequeños caprichos que los sustituya, como lápices de labios o Labubus. Conscientes, naturalmente, de este viraje, las casas de lujo están al acecho. Moynat, el fabricante de bolsos y maletas parisino ha anunciado una colaboración con Kaising Lung, creador de Labubu. Louis Vuitton acaba de lanzar su primera colección de barras de labios (a un precio de 140€) que se pueden adquirir en su tienda en el aeropuerto de Pudong o en alguna de sus de once tiendas en Shanghai, entre las que se cuenta “The Louis”, su nuevo buque insignia (nunca mejor dicho pues tiene forma de barco), que cuenta con un café, una sala de exposiciones y un catálogo de servicios especializados y rarezas de la marca. Y como los ultra ricos no se han visto obligados a “degradar” su consumo, podrán encontrar en “The Louis” a la pequeña “Vivienne Fashionista” o al simpático “Louis Bear”, los colgantes labubianos que pueden llegar a costar más de 1000 euros o 50 veces el precio estándar de un Labubu o ir de compras al nuevo “santuario del estilo” en Shanghai, Maison Dongliang, una villa multimarca de lujo en 武一路. Por si fuera necesaria una confirmación pública de esta tendencia al deterioro del consumo, el periódico “Global Times. Discover China, Discover the World”, una de las gacetas del gobierno, la ofrece en su edición del 28 de agosto de 2025 en un artículo de portada con el título “El vibrante gasto estival demuestra la resiliencia económica”. Las páginas interiores ofrecen una igualmente vibrante infografía con cifras de eventos, búsquedas en Meituan, rutas y pasajeros relativas a la así llamada “estación veraniega de gasto cultural y turístico” que comprende los meses de julio y agosto. Pero si algo evidencia la preocupación por el consumo es la iniciativa pública para estimularlo: un paquete de 570 millones de yuanes (másde 70 millones de euros ) en subsidios, cupones, descuentos y ofertas y los cambios en el tratamiento de las compras libres de impuestos para no residentes, cuyo límite inferior se ha reducido hasta los 200 yuanes (tan solo 25 euros). Lejos de disipar las preocupaciones, este tipo de noticias funcionan como una suerte de “excusatio non petita, accusatio manifesta” o de una confirmación por la vía de la doble negación (no, no hay crisis de consumo). Nuestros paseos por las arboladas calles de la antigua Concesión Francesa de Shanghai nos ofrece otras pistas de la regresión del consumo y de los pequeños (o no tan pequeños) caprichos con los que olvidar los fastos perdidos. Una buena forma de olvido que, por supuesto, no es nueva, es tomar un café. Con una cifra de entre 8.000 y 17.000 cafeterías, según las fuentes consultadas, Shanghai es la ciudad del mundo con mayor densidad cafetera (suele citarse el ratio de 1,5 cafés por cada 1.000 habitantes). Pocas son las librerías de la ciudad que no cuenten con un café para diversificar sus fuentes de ingresos y hacer sus locales más atractivos al lector (aunque algunas de estas librerías-café, y pienso concretamente en el caso de la cadena Duoyun 朵云书院, parecen estar mutando en jugueterías-café o papelerías-café pues en sus estantes desaparecen los volúmenes de Lu Xun para dejar espacio a puzzles, pendientes o subrayadores fluorescentes). Son ahora los cafés los que están haciendo lo propio lanzando una oferta dual (a decir verdad, resulta imposible dilucidar si fue primero el huevo o la gallina, primero el café y después la actividad secundaria o al revés). En nuestro perezoso y feliz deambular por el verano shanghainés hemos descubierto un café-lavandería, múltiples cafés-floristería, un café-zapatero remendón, un café-frutería, varios cafés-galería de arte y cafés-reparación de bicicletas y complementos para ciclistas, un café-tienda de muebles, bastantes café-concept store y, mi favorito, un café-tienda de calcetines en la singular Julu lu (巨鹿路), la calle del gran ciervo, donde han vivido muchos años las maravillosas Gin y Queen, 王晓琼 y 孔韵.
Debo aclarar que, por falta de interés, dejo fuera de mi recorrido físico y textual los cafés en las boutiques de Muji, Ralph Lauren, Maison Margiela o Coach (a pesar de haber disfrutado aquí de unos dulces con mi formidable sobrino 陈俊逸). Vemos en estas iniciativas una muestra más del dinamismo comercial de la ciudad en un sector con gran competencia, pero también de la necesidad de aumentar sus ventas en plena degradación del consumo. Para los no cafeteros que necesiten endulzar la amargura de un mercado de trabajo en retroceso (la tasa nacional de desempleo juvenil persistente es del 14%; algunos parados han llegado al extremo de pagar por fingir que van a la oficina y a otros a tener que emigrar, como mi gran amigo 司骑 que, sobrecualificado, ahora trabaja en Tanzania para una empresa china), la caída de los precios inmobiliarios que ha menoscabado el valor de los activos de los hogares y el clima de baja confianza por parte de los consumidores, las aceras de Shanghai no decepcionan.
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Han brotado “gelaterias” por doquier. En el breve tramo de Wulumuqi Lu que va desde la esquina de Wuyuan Lu hasta Fumin Lu, en solo un año el número de estos establecimientos se ha triplicado. Y la elección del término italiano no es casual: “gelato” se contrapone a “helado” (o ice-cream o 冰淇淋) para denotar la elevada e italianizante calidad del producto. Un rasgo que se refuerza con el origen geográfico, supuesto o real, de sus ingredientes: limones de Capri, bergamota de Calabria o pistachos de Sicilia. En general, estos refugios de la pequeña indulgencia son locales pequeños con una oferta limitada y selecta de sabores a los que una imaginativa traducción al inglés añade matices al paladar: trufa blanca, lichi de rosas y frambuesas, guayaba de Guangxi, setas matsutake, lima, bulbo de loto y yuzu japonés, belleza oriental (no especifica ingredientes), vainilla con ginebra y lima, té tailandés, guayaba y raíz de pimienta, brandy con nueces (se vende con suplemento de precio), higos con queso, etc.
Este cronista aficionado es muy proclive a las enumeraciones y el último lujo asequible al que nos referiremos aquí y que ha colonizado paulatinamente el panorama comercial de Shanghai me permitirá regocijarme en esta querencia lingüística. Nos referimos a los perfumes exclusivos o “de nicho”. Se estima que el mercado de perfumes en China alcance en 2025 un volumen de 4.300 millones de dólares impulsado especialmente por la generación Z. El 45% de los jóvenes Z, que prefieren olores frescos y unisex, compran su primer perfume antes de cumplir los 17 años. También son consumidores de velas aromáticas y de fragancias para el hogar porque valoran la creación de ambientes, la experiencia multisensorial y el impacto emocional de los perfumes. Resulta imposible pasear por Shanghai sin dar con alguna de las muchas boutiques del perfume, permanentes o temporales (pop-ups), surgidas recientemente, todas con una estética muy cuidada. Algunas son claras y diáfanas y trasladan al comprador la idea de un laboratorio olfativo, otras tienen las paredes pintadas de oscuro, con haces de luz estratégicamente dirigidas a las botellas que aparecen iluminadas como si se tratara de joyas. Las hay monocromo o de combinaciones cromáticas intensas, como Qiju 气剧, cuyos colores remiten a la bandera nacional. Algunas juegan con alusiones a la naturaleza, exhibiendo corales, nácares o cráneos y otras intercalan ánforas, redes y motivos helénicos entre sus productos. No son pocas las que intentan impregnar sus aromas de un halo artístico, creativo, bohemio o excéntrico. Definitivamente, son bien conscientes de la búsqueda de impacto emocional por parte de sus clientes tanto en la decoración de sus tiendas como en el diseño de sus botellas: unas se asemejan a frascos y probetas de boticas, otros extreman la simplificación de su geometría en cristal tallado como hiciera Chanel, las hay modernistas y art decó y pretensiosas piezas escultóricas y algunas juegan con la desproporción de tamaño, color, forma y textura entre el cristal y los tapones y, en la mayoría, es posible identificar un referente internacional de forma más o menos evidente. Entre las esencias internacionales, son las del segmento nicho o las ediciones propias (no fabricadas bajo licencia) de las grandes marcas las que más han prosperado. Entre las chinas, las más conocidas son To Summer (观夏); Melt Season (融季), participada por Estée Lauder, Documents (闻献) que, al igual de To Summer, ha recibido financiación de L’Oréal; The Beast (野兽派, traducido literalmente como “fauvismo”), nacida como una floristería; Secrets Door; Handhandhand (叁手香氛); Soulvent (所闻) y Voice from the Sky (天乐). Una de las más antiguas, Reclassified (RE, 调香室), fundada en Shanghai en 2013 y fácilmente reconocible por su pequeñas botellas cilíndricas de cristal negro, está intentado dejar atrás su reputación de franquicia local de precios asequibles para participar en la liga de los olores selectos contratando narices y perfumistas prestigiosos. El delirio artístico postmoderno lo aporta Cosmic Speculation (宇宙的猜想). Fundada en 2017 y con tiendas en Shanghai y Guangzhou, esta casa y sus fragancias reciben inspiración nada menos que de la vastedad del universo y del jardín privado del artista Charles Jencks en Escocia del que toma el nombre y busca “transformar la abstracción del cosmos en una serie de productos..." Entregados a tan ambiciosa aventura astronómica (o quizás astrológica), parece que no han podido salvar su emblemática tienda en Anfu Lu ahora transformada ahora en una de las inevitables franquicias de cremas de manos. Para acabar de enredar la madeja, Reclassified tiene en su catálogo un perfume de pera, pasiflora y pachuli inter alia, llamado “jardín de la especulación cósmica”. Las pequeñas perfumerías de autor con una sola tienda abundan en Shanghai y resultan mucho más sugerentes aunque no apostaría por su viabilidad financiera a largo plazo. No me extrañaría que muchas de ellas pronto figuren en el capítulo de recuerdos de este especial libro de los cambios del comercio en la ciudad. Como quiera que sea, habrán dejado atrás su aroma y mucha, mucha poesía inscrita sobre sus botellas. Es fácil perdonarles la frecuente falta de información sobre las notas olfativas de salida, corazón o fondo que contienen a cambio de cierto lirismo que se agradece especialmente en este texto salpicado de vulgares tecnicismos económicos. Explayémonos pues: The Beast, para empezar, nos ofrece paciencia de rosa, dragones para siempre, problemas de sándalo, un héroe inigualable, agua feliz, el pequeño príncipe, rosa ardiente, dedos verdes, oolong osmanto y, hemos dejado lo mejor para el final, caca de panda y su edición especial caca de panda-tiene-leche (debemos aclarar que es de conocimiento más o menos general en China que la caca de panda no apesta sino que huele suavemente a bambú, un ingrediente que por lo demás, no contiene esta referencia). Las velas aromáticas de BoyzCombo prometen trasladar al hogar el aroma de la estación de amor, flechazo de cuatro estaciones, espacio de fantasía o Shanghai (intentar determinar a qué huele Shanghai daría para una enciclopedia y desconozco el perfil olfativo con el que esta marca ha representado la ciudad). Snowlab, por su parte, compite con candelas de nieve primaveral, té blanco de Qinghe, agua de montaña plateada, hojas de tomate y zarzamora, mimosa y cardamomo, pomelo otoñal, cedro propicio o peonía y rubor de gamuza (en una improbable coincidencia lingüística esta última combinación fue lanzada por Jo Malone en 2013). Con el segmento del DIY (diseñe su propio olor) en plena ebullición, el flujo lírico de nombres creativos de perfumes seguirá ayudándonos a olvidar asuntos más prosaicos y lacónicos a los que debemos regresar. Pero antes, me permito acabar con una nota personal, ninguna de mis muchas incursiones en las perfumerías shanghainesas ha logrado superar Rêve d’Ossian en mis afectos olfativos. Cuando, hace dos años, volvimos a Shanghai por primera vez tras el paréntesis de quietud e inquietud víricas no era habitual cruzarse con laowais (老外) por las calles. Hoy los extranjeros han regresado y la degradación del consumo y las condiciones macroeconómicas están ligadas a este retorno. China aspira a equilibrar el déficit en su balanza de servicios (que superó los 220.000 millones de dólares en 2024, un incremento del 10% sobre el año anterior) atrayendo turismo internacional. El gasto que genera este turismo (consumo interior de no residentes en la nomenclatura de la contabilidad nacional) supone además un empuje para el PIB que contribuye a acelerar el cambio de modelo productivo basado en las exportaciones de bienes. El año pasado, la llegada de turistas foráneos experimentó una fuerte recuperación, alcanzando el 90% del nivel pre-pandemia. No es ajeno a este proceso la eliminación de la obligatoriedad de visado turístico en visitas de hasta 30 días de duración que se inició en diciembre de 2023 con ciudadanos de seis países, entre ellos España y que se ha ampliado y beneficia ahora a 38 estados. Asimismo, el gobierno ha impulsado la aceptación de tarjetas de crédito extranjeras en tiendas, hoteles y atracciones turísticas para facilitar los pagos, que en China normalmente se efectúan a través de wechat o alipay, métodos estos que no siempre resultan cómodos para los turistas internacionales. Se trata, en conclusión, de que el consumo de no residentes ayude a despegar el maltrecho consumo interior, aquejado, como hemos dicho, de un proceso de “degradación”.
Y si el consumo foráneo estimula la economía china, el consumo de los turistas chinos en sus viajes al extranjero sustrae décimas de crecimiento a su PIB. En 2025 se espera que los flujos de turismo chino al exterior sobrepasen los niveles previos a 2020. Quizás estos valores sean motivo de preocupación para las autoridades económicas. O quizás sean consideraciones puramente de “disciplina”, seguridad e inteligencia nacional las que han llevado a la imposición de las severas restricciones a los viajes al extranjero sobre las que informaba en NY Times este mes de agosto. Desde el año 2003 estos impedimentos estaban vigentes para oficiales alto rango y para aquellos que manejasen secretos de estado, pero en los últimos tiempos se han propagado a niveles inferiores del funcionariado, afectando a maestros de primaria, enfermeras o contratistas públicos que tienen la obligación de entregar sus pasaportes a sus empleadores. Con el fin de reforzar la defensa contra las “fuerzas anti-chinas” numerosos gobiernos provinciales han optado por excluir de sus bolsas de futuros funcionarios (选调生) a los graduados en universidades extranjeras, una tendencia que se está contagiando al sector privado. Ignoramos los efectos cuantitativos que estas medidas puedan tener sobre el número de viajes o el montante del consumo interno. Lo cierto es que, pese a las tan anunciadas nuevas conexiones aérea y el despegue en el número de pasajeros, el aeropuerto de Pudong, dependiente del gobierno municipal de Shanghai ha anunciado despidos a gran escala de hasta 8000 empleados debido, según informa Sinafinance (新限财经), un medio poco sospechoso de ser pro-occidental, a la disminución de rutas internacionales, a la disminución del número de pasajeros y al aumento de los costes operativos. Si las tasas aeroportuarias en Pudong no son bajas (por debajo de las de Hong Kong, Singapur o Tokio Narita, pero ciertamente superiores a las de Estambul y a las de la mayoría de grandes aeropuertos norteamericanos) debemos preguntarnos a qué obedecen dichas pérdidas. Algunos datos podrían hacernos sospechar de que la evolución del tráfico aéreo en Shanghai no es tan boyante como se ha afirmado (el año pasado SAS anunciaba la cancelación de sus vuelos directos a Shanghai desde Copenhague, Virgin Atlantic hacía lo propio con sus vuelos desde Londres y Qantas con la conexión directa a Sydney, para citar solo algunos ejemplos) pero, en realidad, estos recortes afectan sobre todo a compañías aéreas europeas cuyos costes se han disparado debido a la imposibilidad de sobrevolar el espacio aéreo ruso (algo que las aerolíneas chinas sí pueden hacer, con ahorros en rutas como Londres-Shanghai o París-Shanghai de entre una y dos horas de vuelo según la dirección del trayecto, y que les ha permitido aumentar destinos y frecuencias). Debemos concluir, pues, y casi por eliminación, que al menos una parte del problema radicaba en un sobredimensionamiento de las plantillas, un mal común en las empresas públicas en lugares donde aún sobrevive la planificación económica. Incluso con turistas, las calles de Shanghai son un poco más silenciosas: el consumo ha decaído, tiendas y restaurantes sufren la feroz competencia del comercio online y de las entregas de comida a domicilio, intensificada con la recientes entrada de los gigantes de comercio online Taobao y JD y sus ofertas agresivas, y el tráfico es menos ruidoso merced al dominio de los coches eléctricos de fabricación nacional (en junio Xiaomi vendió 200.000 unidades de su nuevo YU7 en tres minutos) aunque, por suerte y solo de momento, en la ciudad se mantengan las risas infantiles (la población escolar ha aumentado en Shanghai, a diferencia de lo que sucede en el conjunto del país: una reducción de 12 millones de niños en educación infantil entre 2020 y 2024). Es difícil que este silencio (relativo, por supuesto) contribuya a elevar el ánimo de los jóvenes. El profesor Claudio F. González en su magnífica obra dedicada a “la ciudad antes del mar”, una de las posibles traducciones del topónimo Shanghai, describe la reacción de quienes optan por anclarse en la ciudad, y, abandonados al nihilismo y a la desidia, vencidos, sin ganas de competir, se tumban para no hacer nada (o hacer lo mínimo indispensable que les permita cubrir comida y alojamiento). Esta filosofía del tangping (躺平) nace como reacción a la cultura de la dedicación (996, trabajar de 9 a 9, 6 días a la semana) y a la presión social y rechaza las expectativas y el consumo, retroalimentando así su regresión. Otra vía menos radical para vivir una existencia “de mínimo deseo” (低欲望生活) consiste en escapar de Shanghai renunciado al ciclo de casa-coche-matrimonio-hijos, como han hecho ya muchos jóvenes, y mudarse a una ciudad pequeña, de segunda o tercera categoría. El clima de confianza de los consumidores parece ser mucho mejor fuera de las grandes urbes, empujado por una cierta mejora en el mercado inmobiliario. En el primer semestre del año, mientras la renta nominal disponible urbana aumentó un 4,7%, en la China rural este incremento fue del 5,9%. El incremento nominal del consumo en el campo superó en 1,2 puntos porcentuales el de las grandes ciudades. Consideraciones económicas aparte, en estas ciudades de segundo y ulterior nivel, el estilo urbano parece haber conservado un espíritu y una vitalidad que, a golpe de ordenanzas municipales inspiradas en una particular noción de lo civilizado, por un lado y de agotamiento laboral por el otro, Shanghai ha perdido. En nuestras estancias en Jingdezhen (la capital de la porcelana, en la provincia de Jiangxi), Guiyang (capital de la sureña Guizhou) o Urumuqi/Wulumuqi (en la región autónoma de Xinjiang), todas ellas focos de atracción para shanghaineses más o menos desencantados, hemos disfrutado de una intensa animación nocturna: puestos de fruta y de comida, tenderetes o mantas de juguetes, pulseras, collares y cachivaches en las aceras, música, ciudadanos ociosos, alegría callejera sin necesidad de hoteles de cinco estrellas ni sofisticadas boutiques. Sorprendentemente, la animación en el caso de Wulumuqi se prolonga hasta bien entrada la madrugada, quizás porque se rige por la misma hora estándar oficial que Shanghai pero entre ambas cabrían dos husos horarios completos, además de los dos propios.
En esta misma región autónoma de Xinjiang nos topamos con un caso particular de escapismo, “de mínimo deseo” (低欲望生活) sólo si lo entendemos en su sentido convencional. Una de las paradas de nuestro viaje por la incomparable belleza de praderas infinitas, tundras, glaciares, desiertos y secarrales n s llevó a un pequeño asentamiento turístico muy cerca del lago de Kanasi 喀納斯湖, casi en la frontera con Mongolia, Kazajistán y Rusia. El lago es famoso no solo por la intensidad de su color y la exuberancia de los bosques que lo rodean sino también por las misteriosas criaturas que, según la leyenda, lo habitan y que, según el testimonio de granjeros locales, han devorado caballos y vacas. Buscamos en vano señales de lo que quizá sean salmónidos gigantes, más asustados por las víboras comunes en sus orillas que por los seres acuáticos, y nos fuimos a descansar. El asentamiento está formado por pequeñas cabañas recubiertas de madera que imitan el estilo del pequeño pueblo de Hemu (和木) en el que vive la etnia Tuva y en su interior cuentan con todas las comodidades. Decidimos tomarnos un descanso de la cocina local, basada sobre todo en la carne de cordero y de ternera, e, intrigados, nos dirigimos a un local que se anunciaba como Coffestay. No esperábamos descubrir en este rincón remoto un café decorado con muebles antiguos europeos, velas, flores secas, sillas de diseño clásico, cortinas fruncidas, grandes bolas de cristal blanco que junto con las lámparas de sobremesa con pantallas de telas aportaban una iluminación cálida y acogedora. Había libros en todas partes, ediciones chinas de clásicos franceses y anglosajones con marcas de lectura, es decir ni meramente ornamentales ni “performativos” como se dice ahora, y una colección de singulares tazas de porcelana para uso propio, no a la venta. La carta de cócteles era sumamente imaginativa, a la altura de cualquier capital mundial y la de la comida, pasta, hamburguesas, pasteles de queso, sencilla pero sabrosa. Sin embargo, no sacamos este café a colación por sus interiores, sino por su personal. El propietario, Zhuzehua (朱泽华), oriundo de Hunan, llegó aquí en 2018 después de haber viajado por Europa como mochilero. Primero pensó en abrir un negocio en Yunnan, pero Xinjiang satisfacía más su idea de evasión y de última frontera. No solo gestiona el café sino que se ha encargado personalmente de decorarlo escogiendo cada pieza. Su mujer, Guan Li (官礼) que nos acompañó en la cena y compartió su historia con nosotros, era instructora de yoga en su Sichuan natal y llegó a Xinjiang con un programa de voluntariado. Mantienen el hostal de siete habitaciones, del que forma parte el café, abierto todo el año y durante el largo invierno de Asia Central cuando escasea el turismo no recurren a la comodidad de las ciudades. A través de Xiaohongshu, contactan con ellos jóvenes de todo el país en busca de un trabajo en su empresa. Cuando lo visitamos, trabajaba en el café un joven camarero de Hainan especialista en Proust y cuya habitación, nos explicó, era una auténtica biblioteca con cientos de volúmenes (los libros, como todo lo demás, tarda más de una semana en llegar desde la ciudad más cercana). El chef, que había trabajado en Niza, y la coctelera eran ambos de Shanghai. El negocio había prosperado en los últimos años y estaba en proceso de ampliación. Conocer a estos cinco jóvenes que habían huido del bullicio y de un camino socialmente trillado, deseosos de asentarse en nuevos territorios, descubiertos gracias a las redes sociales, para crear su propia burbuja social, estética y literaria, me dejó pensando si no serían una nueva categoría de hippies, una tribu que había ideado una forma de civilizada marginalidad, próxima a la naturaleza, lo más alejada posible de las estructuras sociales y de poder. Tampoco podía determinar si eran anti-sistema o si habían sido capaces de transformarlo en un microsistema adaptado a sus deseos. En cualquier caso, carecía de un nombre genérico para designar este colectivo en el marco de las reflexiones que hemos hecho antes y ninguno de mis amigos en Shanghai, bien versados en cuestiones sociales, fue capaz de ayudarme. Unas semanas más tarde, de vuelta en casa, di con el término “Dalifornication” en un artículo de The Economist. Es un juego de palabras entre Dali (大理), un popular destino a las orillas del lago Erhai (洱海) en la provincia de Yunnan (云南), y California. Antes de leerlo, imaginé referencias al movimiento hippy, acordes de California/Dalifornia Dreaming, anhelos de cierta libertad… una descripción y un nombre para mis conocidos de Kanasi. La realidad, en cambio, es que retomaba la temática de la degradación del consumo en su manifestación turística. Hordas de turistas de bajo presupuesto han ocupado Dali este verano. El aumento del número de visitantes y probablemente de su estancia media, poco han hecho por los ingresos de hoteles y restaurantes porque su gasto promedio es tan limitado que los empresarios locales han empezado a llamarlos baipiao (白嫖), gorrones o aprovechados. En su mayoría proceden de ciudades pequeñas, con una renta per cápita inferior a la de Shanghai y las otras megaurbes pero con mayores tasas de crecimiento y, por tanto, de este sentimiento escaso y precioso del que tan necesitados estamos: el optimismo. Poco habrá hecho en pro del optimismo esta sencilla meditación sobre la fingida sonrisa malévola de Labubu, su pelaje extravagante y el deseo inocente de sus compradores.
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