Más allá de la escritura:
26 años del Nobel al pintor Gao Xingjian
Por Damián David Gavilánez Narváez
Arte y Cultura // Nº 22 enero/junio 2026
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Los Nobel, aunque cuestionables, criticados e imprevisibles, nos han permitido también conocer fascinantes personalidades, hasta ese momento lejanas para la gran mayoría, y que, de no haber sido galardonadas, no se habrían difundido lo suficiente ni traducido a nuestra lengua. No solo nos revelan una valiosa obra narrativa, sino toda la obra, incluyendo las otras artes. Para Gao fue un premio, y para nosotros doble: el escritor era también pintor, y su obra plástica se asomó al instante por el lomo de sus libros.
En estos veintiséis años de aniversario, queremos reivindicarla. Antes, unas claves
Gao guarda una concepción individualista de su obra y del arte moderno, lo que evidencia parte de la continua represión y persecución a la que fue sometido en el contexto de la Revolución Cultural. Todo ello limitó su libertad creativa; hacer obras y, a la vez, «hacerse», porque la escritura y la pintura son medios en los cuales él aprende a conocerse. Así como un espejo nos muestra nuestra forma externa, el arte nos revela la interna. Debido a los agobiantes modos de opresión y la censura sobre los artistas en aquellos años, es comprensible que Gao no los viera (ni se viera) como una vía de salvación o de revolución. Lo termina de confirmar cuando se instala en 1987 en Francia donde observa que los artistas no eran capaces de alterar el panorama político, y, en ocasiones, ni el artístico. Los ideales del Renacimiento ya no tenían cabida en el Occidente que conoció. Si bien la pintura puede volverse arma política, él prefiere eludir esta responsabilidad, y considera que éste debe preocuparse estéticamente de los temas personales. Dirigirlo hacia otros objetivos sería limitarlo. Defiende la libertad. Sin embargo, la única libertad que puede ejercer el hombre es consigo mismo, en el acto creativo y expresivo, lo cual se origina en el interior de uno mismo. “El artista debe conocerse a sí mismo y preocuparse de su rumbo, de su libertad propia y no de la de otros.”, diría en su ensayo "Por otra estética."
No son exactamente momentos estáticos, puesto que observamos un eterno desplazamiento de las figuras, un «ir hacia» algún lugar. Ciertos artistas, cuando desean representar la imagen interna, traen de allí formas geométricas y colores imprecisos, objetos deformantes o escenas surrealistas, propias del mundo onírico. Él trae recuerdos del individuo.
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Su obra es en parte figurativa, por lo que podemos intuir a qué alude. A pesar de que posea autonomía, se complementa muy bien con la obra escrita. Ambas nos ofrecen una experiencia extendida en torno al recuerdo de la peregrinación (espiritual y física), la soledad, las prolongadas caminatas hacia rumbos inciertos, nublados por el vacío, ocultos detrás de montañas y bosques, e interrumpidos por horizontes borrosos.
El mundo pictórico de Gao es la sublimación de sus aspiraciones, deseos, preocupaciones, dolores y narcisismos. No cree que la razón deba prevalecer durante el acto creativo, porque, de otro modo, derivaría en un mensaje directo, distante del alma y la vida interior, y de ser así, no necesitaría la pintura como medio de expresión. La razón orienta la organización de las ideas, pero no domina todo el proceso; hay un instante en que cede el dominio creativo a las emociones y al espíritu. ¿Cómo es el paisaje interior de Gao? Sus cuadros podrían definirse en breves imágenes de su propia mente, recuerdos difusos de algo en concreto, pintados del modo más fiel a cómo ese pensamiento se le dibuja y desdibuja. Las sombras que se repiten en los cuadros pueden ser las de él, focalizado desde un punto ciego, o pueden tratarse de la amante huidiza, quien se pierde en la escarpada del río, o las del compañero de viaje, que aparece y desaparece, siempre con nombre distinto. Las observamos suspendidas, tocadas por la brisa que extiende el vestido y arrastra el aire gris. No pretende mostrarnos un paisaje real, sino el panorama tal y como lo rememora, y los pensamientos, siempre son borrosos, sin planos fijos, líneas o volúmenes definidos. Las leyes de la física no configuran las formas tanto como lo hacen sus sentimientos.
Cuando defiende la libertad del artista, se refiere a su capacidad de imaginar libremente los escenarios, y decidir cómo sacarlos de ahí y asignarles un nuevo hogar, más duradero. Debe para esto encontrar materiales y técnicas que permitan su objetivo. Elige la tinta china ya que, al mezclarse con el agua y fundirse en el papel, crea formas difusas, maleables y grisáceas, que asemejan a las que él observa al cerrar sus ojos. De este modo, rescata técnicas ancestrales. Prueba que hasta los pigmentos más sencillos y más usados no terminan de agotarse en cuanto a sus posibilidades técnicas e inventivas.
El autor se beneficia de su doble herencia cultural. Por un lado, la tradición oriental, basada en la representación de espacios planos, y, por otra, la occidental, regida aún por la perspectiva renacentista. Combina el lenguaje moderno con el clásico. Detectamos formas e intuimos escenarios, pero no es hasta que conectamos con lo abstracto que hay en su pintura, cuando entendemos que existe una atmósfera sentimental envolviéndolo todo; cierto vacío, desorientación y silencio. En algunas de sus tintas observamos éxodos, individuos caminando hacia algún punto, naufragando en el valle de sus preocupaciones.
Gao es un artista que ha hablado mucho consigo mismo, que se habla mientras escribe o pinta, y que nos enseña a conocernos mejor por medio de su experiencia personal. Sus imágenes interiores son también las nuestras, la de nuestros sueños. A veces, son las imágenes de la soledad, porque en el pensamiento siempre se está solo, es una actividad solitaria, y es ahí justamente donde se revelan algunas claves. Es un incentivo a gozar de nuestra libertad, no solo fuera, en el viaje y con la gente querida, sino dentro de uno, junto al alma misma.
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